- Una sociedad que ya no puede permitirse a sí misma
- Cuatro razones, provocadas por ella misma, por las que Europa se encuentra estancada
- La prueba de concepto: ASML demostró a Europa lo que es posible
- La solución: crea las condiciones y luego déjate de lado
- Se trata de una decisión política
- Europa aún no está perdida.
El antiguo director ejecutivo de ASML, la empresa que fabrica las máquinas con las que se producen los chips que hacen funcionar el mundo moderno, transmitió un mensaje fundamental: Europa tiene todo lo necesario para competir al más alto nivel. El talento. El capital. La tecnología. Los conocimientos técnicos.
Y lo está desperdiciando todo.
Hace unos años, lo describió como «gordo, tonto y feliz». No es complacencia. Tampoco es un exceso de confianza en uno mismo. Gordo, tonto y feliz. Esas palabras más suaves te eximen de responsabilidad. No reflejan el dolor de saber que hay un problema, de tener todos los medios para solucionarlo y de decidir no hacerlo.
Ese diagnóstico no ha cambiado. Lo que ha cambiado es el precio de ignorarlo.
Una sociedad que ya no puede permitirse a sí misma
Antes de pasar al tema de la fabricación, Wennink hizo hincapié en un aspecto que la mayoría de los debates del sector suelen pasar por alto: una empresa no puede prosperar en una sociedad que se está desmoronando.
Su visión de una sociedad responsable se sustenta en cuatro pilares: empleos con salarios suficientes para vivir, una educación accesible para todos los niños, asistencia para quienes la necesitan y seguridad —física, digital y climática—. Si se elimina cualquiera de ellos, el resto empieza a tambalearse.
Esto no es idealismo. Es economía. Los empleados rinden más cuando no tienen que preocuparse por si sus hijos pueden ir al colegio o si sus padres pueden ingresar en un hospital. Esa estabilidad es la base. La industria manufacturera no está por encima de la sociedad. Forma parte de ella.
El problema es que los cimientos se están resquebrajando. Su mantenimiento cuesta cada año más. El crecimiento de la productividad no sigue el ritmo. En los Países Bajos, se prevé que el crecimiento del PIB sea inferior al 1 % anual durante la próxima década. Según las cifras de Wennink, se necesita al menos un 2 % para financiar el tipo de sociedad en la que merezca la pena hacer negocios. Europa se sitúa en la mitad de esa cifra. Las cuentas no son complicadas, y no perdonan.
Y mientras Europa va a la deriva, las mayores economías del mundo avanzan a toda velocidad. Cuatro grandes transformaciones sociales están redefiniendo al mismo tiempo todas las principales economías: la digitalización y la inteligencia artificial, las ciencias de la vida, la energía y el clima, y la seguridad y la resiliencia. El plan quinquenal de China se articula en torno a ellas. La agenda de inversiones de Estados Unidos se basa en ellas. Cuando Wennink regresa de Pekín, Delhi o Washington, el patrón es siempre el mismo: mayor dinamismo, apuestas más ambiciosas, intenciones más claras.
Europa, por su parte, cuenta con capacidades de primer orden en todos y cada uno de esos ámbitos y está viendo cómo se cierra la ventana de oportunidad.
Peter Wennink en el escenario de Re:Manufacture 2026 Cuatro razones, provocadas por ella misma, por las que Europa se encuentra estancada
Wennink no se anda con abstracciones. Considera que hay cuatro factores concretos que frenan el potencial de Europa. Todos ellos se pueden solucionar por completo. Ninguno se ha solucionado.
Infraestructura. Hoy en día, el 95 % de la actividad informática de Europa se lleva a cabo a través de centros de datos situados fuera de Europa. El noventa y cinco por ciento. Si mañana se cortara ese acceso, nada funcionaría. No se trata de una vulnerabilidad teórica, sino de una real, que está a la vista de todos y que todos hemos acordado ignorar. Más allá de la infraestructura digital, solo en los Países Bajos hay más de 14 000 empresas a la espera de una conexión eléctrica. La congestión de la red eléctrica no es un problema del futuro: está frenando la inversión hoy mismo.
El talento. Tres fracasos en uno. Europa no está formando suficientes titulados en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM). Se enfrenta a una crisis de recualificación, ya que la inteligencia artificial está eliminando categorías enteras de profesiones, no trabajos manuales, sino economistas, matemáticos y analistas de las principales instituciones financieras. Y no está logrando atraer al talento internacional que necesita desesperadamente, porque el debate político en torno a la migración ha convertido la movilidad del talento en un daño colateral de una guerra cultural. La reserva de talento nacional no es lo suficientemente amplia. Todo el mundo lo sabe. Y nada cambia.
Regulación. Las normas de la UE sobre ayudas estatales se diseñaron para impedir que los gobiernos siguieran rescatando sin fin a gigantes industriales en decadencia. Un objetivo razonable. Ahora, esas normas se están aplicando a startups innovadoras que, por definición, carecen de liquidez y, por su propia naturaleza, se encuentran en una fase embrionaria. Los abogados las están clasificando como «empresas en crisis» y bloqueando las ayudas públicas. Una norma creada para evitar que se preserve el pasado está impidiendo ahora que se construya el futuro. No se trata de un caso aislado. Es el sistema funcionando exactamente tal y como está mal configurado.
Capital. Solo los Países Bajos cuentan con 2,5 billones de euros en ahorros para pensiones y depósitos bancarios. La mayor parte de ese dinero se invierte fuera de Europa, en busca de la rentabilidad media del mercado, que se concentra principalmente en activos estadounidenses y asiáticos. Mientras tanto, una startup del sector de los semiconductores que necesita 300 millones de euros para completar el diseño de su primer prototipo funcional tiene que acudir a Estados Unidos para encontrar inversores que comprendan el negocio. El dinero de Europa está financiando el futuro de todos los demás.
La prueba de concepto: ASML mostró a Europa lo que es posible
Wennink no llegó a estas conclusiones desde un centro de estudios. Las extrajo directamente de la planta de producción de la empresa más importante desde el punto de vista estratégico dentro de la cadena de suministro mundial de semiconductores.
ASML fabrica las máquinas de litografía necesarias para producir todos los chips avanzados del planeta. No hay ningún otro proveedor. Esa posición no le fue regalada a ASML, sino que se forjó a lo largo de treinta años gracias a un modelo que Europa ha olvidado en gran medida cómo replicar.
El modelo es lo que Wennink denomina la «triple hélice»: el gobierno, las empresas y las instituciones del conocimiento trabajando en perfecta armonía. No en comités. No en rondas de consultas. Juntos, con objetivos comunes, riesgos compartidos y recompensas compartidas. Brainport Eindhoven es la encarnación física de ese modelo. ASML es su producto más visible. Un integrador de sistemas que se apoya en 4.000 proveedores y socios, la mayoría de ellos europeos, muchos de los cuales se han creado en colaboración directa con universidades, laboratorios de investigación y escuelas técnicas.
Esa colaboración funcionó porque se basaba en la confianza y la transparencia. Todos los socios sabían lo que estaba en juego. Todos los socios tenían algo real que perder. Y todos los socios tenían algo real que ganar.
Cuando el ministro de Economía neerlandés le pidió a Wennink que redactara un informe sobre lo que Europa debería hacer, Wennink aceptó. No porque creyera tener todas las respuestas, sino porque sabía cómo reunir a las personas que sí las tenían. Organizó treinta y una mesas redondas, cada una de ellas con una mezcla de startups, scale-ups, multinacionales, universidades e instituciones públicas, y cada una centrada en uno de los cuatro ámbitos estratégicos. El encargo era sencillo: dame un proyecto ambicioso que realmente pueda llevarse a cabo, un caso de inversión, un calendario, un desglose de la financiación y la razón por la que aún no se ha hecho realidad.
La última pregunta fue la más reveladora. Todos los grupos tenían ideas. Las ideas eran buenas. La razón por la que no se habían llevado a cabo era siempre la misma: no se cumplían las condiciones marco.
«La voluntad, la creatividad y el potencial están ahí. Pero no se cumplen las condiciones necesarias. Y eso es una decisión política».
El resultado de esas treinta y una mesas redondas fue un potencial de inversión identificado de 126 000 millones de euros en los cuatro ámbitos. Listo para ponerse en marcha en cuanto se den las condiciones adecuadas.
Esa cifra no es una previsión. Es un proyecto en marcha. Lo han elaborado las personas que realmente lo llevarían a cabo, si alguien les dejara actuar.
La solución: crea las condiciones y luego déjate de lado
Aquí es donde el argumento de Wennink pasa del diagnóstico a la solución. Y es más concreto de lo que la mayoría de la gente espera de una ponencia inaugural.
El punto de partida es la triple hélice, aplicada a gran escala. No solo en Eindhoven, sino en todo el continente. La región del delta, que une Bélgica, los Países Bajos y Alemania, es un motor económico en potencia. La biotecnología belga es de primer nivel. La experiencia holandesa en semiconductores se encuentra entre las mejores del mundo. La ingeniería alemana es el pilar de toda la cadena de suministro. Estas competencias no necesitan crearse, sino conectarse.
Pero la conexión requiere ciertas condiciones. Y Wennink es muy claro en cuanto a cuáles son esas condiciones.
En cuanto a las infraestructuras: Europa necesita desarrollar su propia capacidad informática con carácter de urgencia. Debe resolver la congestión de la red no gestionando la demanda, sino impulsando la oferta. Las infraestructuras físicas y digitales deben considerarse activos estratégicos, no problemas administrativos.
En cuanto al talento: hay que hacer que la educación en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) sea gratuita. Hay que dar prioridad a las universidades técnicas en materia de alojamiento para estudiantes. Hay que elaborar un plan nacional de reciclaje profesional antes de que la primera ola de despidos provocados por la inteligencia artificial plantee el problema de forma ineludible. Y hay que diferenciar el debate sobre la migración económica del relativo a la migración de talento. No son lo mismo.
En materia de regulación: hay que devolver las normas sobre ayudas estatales a su propósito original. Hay que dejar de aplicar la lógica de la supervivencia empresarial a la innovación incipiente. Hay que simplificar los trámites de concesión de permisos. El bloqueo del nitrógeno, los procesos de aprobación bizantinos y las capas de regulación europea excesivamente estricta no protegen a nadie. Están agotando el tiempo de que dispone Europa.
En cuanto al capital: la propuesta de Wennink, ahora incluida en el acuerdo de coalición neerlandés, consiste en un banco nacional de inversión. Independiente, gestionado de forma profesional, al margen de cualquier injerencia política, pero financiado por el Estado. Con un capital operativo de entre 10 000 y 20 000 millones de euros, el banco podría movilizar hasta 100 000 millones de euros en inversión total mediante la cofinanciación junto con fondos de pensiones y capital riesgo. La lógica es sencilla: los inversores institucionales no asumirán por sí solos el riesgo de primera pérdida. Si el Gobierno asume esa primera capa, el resto vendrá solo. Una segunda institución, una Agencia Nacional para la Innovación Disruptiva, con un presupuesto de 2 000 millones de euros, actuaría en paralelo, financiando los ecosistemas de innovación y los proyectos estratégicos que el mercado no abordaría por sí solo.
«El mayor problema de la IA no es la potencia de cálculo, sino la energía. Y creo que en Europa contamos con la capacidad técnica para crear chips de IA que puedan competir con Nvidia —y que quizá sean incluso cien veces más eficientes desde el punto de vista energético—».
Esa oportunidad está ahí, sin aprovechar. Lo que necesita es capital con la paciencia suficiente para financiar el primer chip, una infraestructura capaz de ponerlo en marcha, talento con la competencia necesaria para desarrollarlo y una normativa lo suficientemente inteligente como para no obstaculizarlo.
Se trata de una decisión política
La brecha de capacidades no es un fallo del mercado. El problema de la falta de talento no es una casualidad. El caos normativo no es inevitable. Todo ello es consecuencia de decisiones políticas, tomadas a lo largo de los años por personas que eran conscientes de las ventajas y desventajas y dieron prioridad a otras cuestiones. Y, si se trata de decisiones políticas, pueden modificarse.
Wennink tiene claro lo que ese cambio requiere. La política económica debe convertirse en una prioridad europea, y debe ser el primer ministro quien rinda cuentas sobre la capacidad de generación de riqueza futura, y no solo el ministro de Economía. El ministro de Economía debe recuperar el control sobre la política energética y comercial. Un comisario independiente para la Prosperidad Futura debería situarse por encima de los compartimentos estancos de los ministerios, dirigir el consejo nacional de inversiones y contar con el mandato legal y un fondo específico para salir de los bloqueos y acelerar la ejecución de las medidas.
El término que utiliza el informe para describir lo que ha fallado es preciso: «procesfetisjisme». Fetichismo por los procesos. La maquinaria del gobierno ha empezado a funcionar por el simple hecho de funcionar, y quienes la integran han dejado de preguntarse si realmente sirve para algo. Permitir que esto ocurra lleva años. Normas que no sirven a nadie. Estructuras de rendición de cuentas que premian la cautela por encima de los resultados. Lo que se necesita no es otro documento estratégico. El informe de Wennink identifica una dirección clara, y el acuerdo de coalición neerlandés ya incorpora sus propuestas fundamentales, incluido el banco nacional de inversión. Lo que se necesita es el valor político para llevarlo a cabo. La voluntad de desregular, no porque resulte ideológicamente conveniente, sino porque la alternativa es el declive. La voluntad de financiar infraestructuras, no como respuesta a una crisis, sino en previsión de una.
«No hacer nada también es una elección. Cada día que dejamos de invertir en el futuro de nuestro país, la factura que tendrán que pagar las generaciones futuras aumenta. Ya no hace falta que lo analicemos más. Empecemos».
Peter Wennink en el escenario de Re:Manufacture 2026 Europa aún no está perdida.
Wennink concluyó su discurso inaugural con una lección de sus primeros días en ASML. Empezó trabajando como contable. Alguien le dijo que, bajo presión, todo se vuelve fluido. Él rebatió ese argumento basándose en la física. Los ingenieros le corrigieron: no se trata solo de la presión. Se trata de la presión adecuada.
Europa se encuentra actualmente sometida a una presión justificada. Conmociones geopolíticas. Fragilidad de las cadenas de suministro. Líderes de otros países que dejan muy claro que nadie va a acudir en su ayuda. Un mundo que ya no da por sentada la relevancia de Europa.
Eso no es una amenaza. Es el mejor impulso que ha tenido Europa en décadas. Y desperdiciarlo sería el error más costoso que haya cometido este continente.
El conocimiento está aquí. El capital está aquí. El talento está aquí. La tecnología está aquí. Y los ámbitos en los que Europa puede triunfar no son abstractos. Son concretos: digitalización e inteligencia artificial, ciencias de la vida, energía y clima, seguridad y resiliencia. Cuatro ámbitos en los que la demanda mundial está disparándose, en los que Europa cuenta con competencias reales y en los que quedarse atrás no es solo un problema económico. Es un problema geopolítico. ASML demostró que la colaboración europea, cuando se toma en serio, puede producir algo de lo que depende el mundo entero. Brainport demostró que la triple hélice no es una teoría. Es un modelo reproducible. Treinta y una mesas redondas demostraron que hay 126 000 millones de euros de inversión listos, no en algún presupuesto futuro, sino en manos de personas dispuestas a invertirlos hoy mismo. Si alguien establece las condiciones adecuadas.
Ese alguien es el Gobierno. No el mercado. No la industria. El Gobierno. Quienes cuentan con el mandato, los instrumentos y, francamente, la responsabilidad de actuar. Hay que dejar de sobrecomplicar la normativa. Arreglar la red eléctrica. Financiar las infraestructuras. Crear el banco nacional de inversión. Hacer que la educación en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas sea gratuita. Proteger la migración de talento. Y luego, apartarse y dejar que la industria europea haga lo que siempre ha sido capaz de hacer cuando las condiciones son las adecuadas.
Europa no necesita dominar todos los ámbitos. No necesita autonomía estratégica, una expresión que Wennink rechaza explícitamente. Necesita ser relevante. Necesita tener voz y voto.
El puesto está disponible. La cuestión es si los líderes europeos tendrán el valor de ocuparlo. Porque la alternativa no es un declive controlado. Es la irrelevancia. Y la irrelevancia, una vez que se instala, es muy difícil de revertir.